Cuando, ante la Academia Argentina de Letras, con motivo del Día de la Raza, el general Perón rindió homenaje a la memoria del genial autor de Don Quijote de la Mancha (VER) -breviario y síntesis de una estirpe inmortal-, fijó en su discurso un concepto básico: “Para nosotros -dijo el líder- la raza no es un concepto biológico. Para nosotros es algo puramente espiritual. Constituye una suma de imponderables valores que hace que nosotros seamos lo que somos y nos impulsa a ser lo que debemos ser, por nuestro origen y por nuestro destino. Ella es la que nos aparta de caer en el remedo de otras comunidades cuyas esencias son extrañas a las nuestras, pero a las que con cristiana caridad aspiramos a comprender y respetamos. Para nosotros, la raza constituye nuestro sello personal indefinible e inconfundible”.
Estas palabras del general Perón tienen su raíz ideal en el lema sanmartiniano de aquel severo y terminante “Serás lo que debes ser o si no, no serás nada”. Una raíz ideal que se confunde y se amalgama en ese sello personal, indefinible e inconfundible, como dijo nuestro conductor, que no es menos personal por heredado de la que fue madre de pueblos y sembradora de naciones. Es este sello personal el que une el claro sabor americano que tiene en nuestros días la hispanidad con el resabio añejo y generoso del tronco secular, tan rico en virtudes, en santos y en héroes, que fue capaz de transponer las puertas hasta entonces invioladas del mar e incorporar un mundo nuevo, virgen, al servicio de Dios y a la fraternidad de los hombres. Esa raza inmortal, descubridora y conquistadora, encontró en ese mundo nuevo el teatro ideal para el ejercicio de sus virtudes. Dictó leyes de humanidad y fraternidad doscientos años antes que los enciclopedistas osaran mencionar los derechos del hombre; proclamó la igualdad ante el Creador de todas las criaturas y abonó con la sangre y con el alma de su pueblo los surcos del porvenir. De esas sementeras nacieron las naciones que glorifican hoy el tronco común del que proceden y del que están orgullosas. Porque América es la eternidad de España en el mundo de la civilización.
La epopeya del descubrimiento y la conquista es, fundamentalmente, una epopeya popular. No sólo por sus hombres, que cortaron horizontes y abrieron a los siglos las puertas gigantescas de un nuevo hemisferio -como Cortés, Mendoza, Pizarro y Balboa- sino por la cruz que venía a la par de la espada. Esta era la herramienta del héroe aislado en el mundo agreste; aquélla, el signo de paz, de igualdad y de amor entre los fieros defensores de la fe y los conquistadores para el reino de Jesús más que para el reino de Fernando e Isabel. La leyenda negra con la que la Reforma se ingenió en denigrar la empresa más grande y más noble que conocen los siglos, como fueron el descubrimiento y la conquista, sólo tuvo validez en el mercado de los tontos o de los interesados. A nadie engañó que no quisiera ser engañado. Y cuando cuatro siglos después del descubrimiento los hijos de los conquistadores reivindicaron su mayoría de edad y su derecho a vivir en libertad y al margen de tutelas, las naciones que florecieron del esfuerzo de sus héroes habían recibido de la madre patria lo que es privativo de la maternidad: la sangre de más de la mitad de su pueblo, que había quedado en América, fructificándola, abonándola y dándole razón de ser durante el período de la conquista y la colonización.
Somos, pues, no solo hijos legítimos de los descubridores y conquistadores, sino herederos de su gesta y de la llama de eternidad que ellos transportaron por sobre los mares. Y esa llama tiene su mejor esplendor en los derechos del pueblo, en las necesidades del pueblo, en el porvenir del pueblo y en su paralelismo e identidad con la vida de la Nación. Pueblo y Nación fueron uno solo en los años epopéyicos que hicieron posible la conquista y la colonización. Pueblo y Nación son una sola potestad en nuestra actualidad recuperadora, justiciera y fecunda y su fuerza mayor reside en esa unidad, llave que abre todas las puertas y palanca que levanta al nuevo mundo a la altura del porvenir. Un porvenir de justicia y de paz por el reconocimiento del pueblo como fuente exclusiva de legalidad y de poder. Como nosotros supimos instituirlo.
El 12 de Octubre es, por lo mismo, una fiesta de la hispanidad que toca por igual a España que a sus hijas de América. Así lo entendió el gobierno argentino cuando perpetuó en términos magníficos el sentido de esta conmemoración: “La España descubridora y conquistadora -dice el decreto que dio existencia oficial al Día de la Raza- volcó sobre el continente enigmático y magnífico el valor de sus guerreros, el denuedo de sus sabios, las labores de sus menestrales, y con la aleación de todos estos factores, obró el milagro de conquistar para la civilización la inmensa heredad en que hoy florecen las naciones de las cuales ha dado, con la levadura de su sangre y con la armonía de su lengua, una herencia inmortal que debemos afirmar y mantener con jubiloso reconocimiento”.
Seamos dignos de esa herencia inmortal multiplicando nuestra fraternidad nacional, unificando cada vez más los objetivos superiores del pueblo y de la Nación, echando abajo todas las murallas que puedan separar aún a los trabajadores de la conquista del porvenir. Ante nosotros, como ante nuestros ascendientes heroicos de la conquista, un nuevo mundo social se ofrece a los capaces da renunciar a sí mismos y a conquistar para sus hijos y sus herederos un mundo mejor. Seamos dignos de la magnífica herencia, repito. No vacilemos ante la intriga, ante la calumnia, ante lo desconocido para los que no saben ver más que sus intereses egoístas. Luchemos como supieron luchar los hombres de Cortés, de Mendoza, de Balboa y de Pizarro. Reeditemos su fe en Dios y en nuestros derechos a ser definitivamente libres, dueños y soberanos de nuestro propio destino, y las generaciones venideras, como nosotros ante ellos, nos honrarán porque supimos ser dignos de nuestros mayores y renunciar para la felicidad de nuestros descendientes. Este es mi homenaje al Día de la Raza, día del pueblo que nos dió el ser y que nos legó su espiritualidad. ¡Bendito sea!
Extracto del libro "Escribe Eva Perón" (1951), en el cual se reunieron artículos escritos por Evita para el periódico "Democracia" (Capítulo "Ante la proximidad del Día de la Raza", págs. 35 a 37).
APOSTILLA:
Dedicado a los "compañeros" que tienen colonizada la cabeza por la propaganda británica, es decir por la "leyenda negra" de la conquista española en América.
Yo me cago en la leyenda negra, en los británicos, en su puta manía de falsificar la historia, y en los "tontos" y en los "interesados", como los llamaba Evita, o en los "estúpidos imberbes" y en los "infiltrados", como los llamaba el General. Lean más a Perón y a Eva, y menos a los "Galeanos".
¡¡¡Viva Nuestra Señora del Pilar!!!
¡¡¡Viva la Hispanidad!!!
¡¡¡Viva la América Mestiza!!!
¡¡¡Viva Hispanoamérica!!!
"... Gloria a la Patria que supo seguir, sobre el azul del mar, el caminar del sol ...".

EXCELENTE!!!!!!
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