La magnitud tan desconcertante de los acontecimientos que se desarrollan en el mundo hace pensar, cada vez más seriamente, que estamos entrando en una época, en la cual los hombres, olvidándose de las diferencias accidentales que siempre los han dividido, como la nación, la clase, la lengua, se sientan divididos por algo más profundo y auténtico como es la sangre que corre por sus venas.
Se pudo creer hasta hace poco que la sangre corría tan mixturada en las actuales generaciones que era cosa completamente absurda clasificar por ella a los hombres.
Sin embargo, yo mismo tuve oportunidad de poner en relieve, cómo hay un pueblo, el pueblo judío, en el cual desde hace cuatro mil años corre sangre de su Padre Abrahán, y que se mantiene sin contaminarse y sin confundirse en medio de los pueblos. La raza judía, la sangre judía, el pueblo judío -dígase lo que se quiera para su gloria o para su vituperio- es inconfundible.
He aquí que es necesario llamar la atención ahora sobre la existencia de otro pueblo antiquísimo y grande, el pueblo germánico, que hoy en el siglo XX de la humanidad redimida, quiere levantar el poderío de su grandeza sobre la pureza incontaminada de su raza y de su sangre, buscando reconstituir lo germánico, lo ario, porque fuera de allí no puede existir nada bueno no excelente.
Y si hay un problema judío, también se plantea ahora un problema germánico. De este problema quiero ocuparme aquí. Y no para estudiarle en toda su proyección histórica ni en todos los aspectos sino tan solo, en algo profundo y esencial como es la posición que el pueblo germánico quiere tomar frente a Cristo.
Si Cristo ha dicho y lo ha realizado en los dos mil años de Cristianismo que "no hay distinción de judío ni griego; ni de siervo ni libre; ni tampoco de hombre ni mujer; porque todos vosotros sois una cosa en Jesucristo" (San Pablo a los Gálatas, III, 26), es evidente que ha de plantearse un problema angustioso dentro de Alemania, entre aquellos que no quieren conocer más grandeza que el poderío de su sangre y de su raza incontaminada y aquellos otros que no quieren sino la grandeza de haber sido redimidos con la sangre de Jesucristo. Es evidente que ha de plantearse en Alemania una lucha, lucha gigantesca, la más tremenda quizás de su historia, entre la Alemania que quiere ser pagana, y la que quiere conservarse cristiana, entre la Iglesia y el Reich.
Extracto del libro "Entre la Iglesia y el Reich" del Pbro. Julio Meinvielle (Ed. Adsum, 1937, págs. 7 a 9).
APOSTILLA:
Con la llegada de Netanyahu a la Argentina se han viralizado por las redes sociales miles de "memes" en repudio al premier israelí. Entre ellas se destacan, por lo aparentemente contradictorio, las que muestran a Netanyahu con uniforme de la Alemania Nazi, con el bigotito de Hitler o posando con una bandera en que se entrelazan la estrella de David y la cruz esvástica.
Sin embargo, lo que nos puede parecer contradictorio no lo es tanto. Ello nos lo demuestra esta obra del Padre Meinvielle, en la cual, ya en el año 1937, condenaba las desviaciones racistas del régimen Nacional Socialista Alemán y evidenciaba las semejanzas entre hebreos y germanos respecto a la "pureza de sangre".

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